Hojas de Otoño



Jorge escribía palabras en hojas de otoño.

Cada año esperaba ansioso la llegada de la estación para poder recoger las primeras hojas caídas en el cercano y frondoso bosque de arces. Seleccionaba las más grandes y simétricas, cuidando de que no estuvieran ni muy secas ni demasiado frescas, y escribía sobre su envés con caligrafía menuda y cuidadosa, usando un viejo plumín de galalite de su bisabuelo y tinta china de gran pureza levemente diluida con agua de lluvia.

Rebuscaba en viejos libros palabras que le resultaran hermosas al oído, tales como siempreviva, crisálida, dovela, cincel o aguamarina, y las transcribía sobre aquellas insólitas cuartillas vegetales. Otras veces se las inventaba: alderazuna, sueñálamo, indemiestrada... Guardaba las hojas ya escritas entre varias resmas de papel de barba encuadernadas a mano en forma de cartapacio, que ponía a prensar en la fresca sequedad de un anaquel del sótano, bajo pesados volúmenes de la Enciclopedia Espasa.

Con las primeras brisas primaverales, Jorge regresaba al bosque para orear el cuaderno, dejando que las hojas de arce, definitivamente desecadas, finísimas y quebradizas, retornaran para siempre al suelo donde pertenecían. A continuación leía con voz queda, emocionada, los versos que savia y tinta habían amorosamente fermentado durante el invierno sobre el recio papel: unos poemas sublimes, iridiscentes, casi sobrenaturales, preñados de nobleza y verdor, verdaderos prodigios de sabiduría centenaria.