Errores (u omisiones interesadas o mentiras) sobre el comercio internacional

Llevo semanas siguiendo con mucho interés y no poca desazón la campaña presidencial estadounidense (por cierto, aquí una excelente guía), así como nuestro anémico devenir político desde la ya lejana celebración de elecciones generales el diciembre del pasado año. Digo desazón porque el nivel del debate político en ambos países ha ido decayendo sustancialmente, mucho más desde el advenimiento de nuevos candidatos y formaciones procedentes de un populismo, tanto de izquierdas como derechas, alimentado por el descontento de los ciudadanos ante el reciente proceder de su clase dirigente.

Políticos, líderes empresariales, periodistas, politólogos, economistas se suman a este debate incurriendo a menudo en falacias lógicas, esgrimiendo eslóganes vacíos y enredándose en ideas erróneas que acaban pareciendo ciertas por efecto de su mera repetición y difusión. Y en ninguna disciplina ello es más cierto que en la economía.   

Algunas de las ideas económicas erróneas que con más frecuencia aparece en medios y redes sociales tienen que ver con las bondades o maldades del libre comercio y su impacto en países más ricos y más pobres.  Leamos algunos ejemplos reales.

Bernie Sanders argumentaba así 4 de febrero de 2016:

"Hay muchas empresas que han dado la espalda a los trabajadores estadounidenses, que han dicho, si puedo ganar otro níquel yendo a China y cerrando en los Estados Unidos de América, eso es lo que haré. Yo haré todo lo posible para transformar nuestra política comercial y enfrentarme a estas corporaciones que desean invertir en los países de bajos ingresos de todo el mundo en lugar de hacerlo en los Estados Unidos de América".

Donald Trump también aportaba su grano de arena algo más tarde, el 13 de febrero de 2016:

"Carrier (empresa de aire acondicionado estadounidense) se está trasladando a México. Me gustaría ir a Carrier y decirles: 'Ustedes van a despedir a 1.400 personas. Van a fabricar los acondicionadores de aire en México, y tratarán de pasarlos a través de nuestra frontera sin ningún arancel. Voy a decirles que les vamos a gravar cuando los acondicionadores de aire vengan aquí. Así que quédense donde están o fabriquen en los Estados Unidos porque nos estamos destruyendo con acuerdos comerciales que no son buenos para nosotros y no son buenos para nuestros trabajadores' ".

Palabras similares, augurando todo tipo de males para los trabajadores y ciudadanos ante la liberalización comercial, hemos escuchado también en boca de Pablo Iglesias y otros líderes de la izquierda española, muy en consonancia con lo expresado por la ultraderechista Marine Le Pen, que en mayo de 2015 vaticinaba nada menos:

"La muerte de la agricultura francesa, el triunfo de las normas de Monsanto, la llegada de la fragmentación hidráulica y el horror al alcance de todos los platos: maíz transgénico, pollos lavados con cloro, carne hormonada e incluso, si debemos imitar lo que se hace en los Estados Unidos, con la seguridad de encontrar pus en el litro de leche ".

Tertulianos, periodistas y hasta algunos economistas se suman también a este confuso debate de ideas económica. Recordemos a Jordi Évole y su reciente programa "Fashion Victims", hablando sobre las grandes marcas de moda que fabrican sus prendas en países en desarrollo, con sueldos bajos y condiciones de trabajo muy diferentes al acomodo occidental. Sobre ese programa ya reflexioné en su día en mi timeline, al presentar una visión simplista y sesgada, que demostraba un desconocimiento clamoroso sobre cómo funcionan los mecanismos de desarrollo y crecimiento económico.

Parece mentira que en pleno siglo XXI todavía tengamos que explicar el papel esencial que el libre comercio ha supuesto para el avance de la humanidad.  Cuando los individuos comercian, en lugar de operar de manera autosuficiente, pueden acceder más bienes y servicios.  Salimos de las cuevas y de la autarquía tribal gracias a la especialización: cada persona se dedica a aquellas actividades para las que está más capacitada. Dividiendo las tareas y comerciando, los seres humanos (ya sean dos o 7.349  millones) han conseguido a lo largo de la historia y siguen consiguiendo más de lo que habrían obtenido siendo autosuficientes. 

Los ejemplos incluidos al principio de esta entrada constituyen un claro ejemplo de los errores más extendidos se habla de comercio internacional. Tales falacias las analizan muy bien  Paul Krugman y Maurice Obstfeld al explicar la teoría del comercio en su libro sobre Economía Internacional (de obligado estudio para todo economista). 

Mito 1: "El libre comercio es sólo beneficioso si tu país es suficientemente productivo para resistir la competencia internacional"

Este error viene de pensar que el patrón de comercio está determinado por el hecho de tener una ventaja absoluta en productividad, y no es así: las ganancias derivan de la existencia de ventajas comparativas:

"Siempre existe la tentación de suponer que la capacidad para exportar un bien depende de que nuestro país tenga una ventaja absoluta en productividad. Pero una ventaja productiva absoluta sobre otros países en la producción de un bien no es una condición ni necesaria ni suficiente para disponer de una ventaja comparativa en ese bien. En nuestro modelo de un factor, la razón por la que la ventaja absoluta en productividad en una industria no es necesaria ni suficiente para conseguir una ventaja competitiva es clara: la ventaja competitiva de una industria depende no sólo de su productividad en relación con la industria extranjera, sino también de la tasa salarial respecto a la tasa salarial extranjera. Una tasa salarial en un país depende, a su vez, de la productividad relativa en otras industrias. En nuestro ejemplo numérico, el extranjero es menos eficiente que nuestro país en la producción de vino, pero también tiene una mayor desventaja de productividad en el queso. Debido a su menor productividad total, el extranjero debe pagar salarios menores que nuestro país, lo suficientemente bajos para tener menores costes en la producción de vino. Análogamente, en el mundo real, Portugal tiene una productividad reducida en, por ejemplo, la producción textil, comparado con Estados Unidos; pero puesto que la desventaja de productividad de Portugal es todavía mayor en otras industrias, sus salarios son lo suficientemente bajos como para tener una ventaja comparativa en la producción textil".

 Todo ello lleva muchos a formular una y otra vez, como hemos visto, el argumento de que una ventaja competitiva basada en salarios bajos es completamente "injusta y antisocial", lo que constituye nuestro segundo mito a analizar.

Mito 2: "La competencia exterior es injusta y perjudica a otros países cuando se basa en salarios reducidos".

Estamos ante el argumento de los salarios paupérrimos, uno de los favoritos del populismo mediático:

"Las personas que adoptan este punto de vista consideran que las industrias del país no habrían de enfrentarse a industrias extranjeras que son menos eficientes pero pagan salarios menores. Este punto de vista está extendido y ha adquirido una influencia política considerable. En 1993, Ross Perot, un multimillonario hecho a sí mismo, y excandidato presidencial, advirtió que el libre comercio entre Estados Unidos y México, este último caracterizado por unos salarios muy inferiores, conduciría a un «tremendo efecto absorción» al desplazarse la industria estadounidense hacia el sur. Ese mismo año, Sir James Goldsmith, otro multimillonario hecho a sí mismo, que era un diputado influyente en el Parlamento Europeo, ofreció un punto de vista similar, aunque expresado de forma menos pintoresca, en su libro La Trampa, que se convirtió en un best-seller en Francia.
De nuevo, nuestro sencillo ejemplo revela la falacia de este argumento. En el ejemplo, nuestro país es más productivo que el extranjero en ambas industrias, y el menor coste del extranjero en la producción de vino se debe por completo a su tasa salarial mucho menor. La menor tasa salarial extranjera es, sin embargo, irrelevante en la cuestión de si nuestro país gana con el comercio. Que el menor coste de producción del vino en el extranjero sea debido a la alta productividad o a los bajos salarios no tiene importancia. Lo que importa para nuestro país es que es más barato, en términos de nuestro propio trabajo, producir queso e intercambiarlo por vino que producir nuestro propio vino.
Esto es perfecto para nuestro país, pero ¿y para el extranjero? ¿Es erróneo basar las exportaciones en bajos salarios?" 

Evidentemente, para un país desarrollado y rico, esta situación no resulta nada atractiva, pero no estamos solos en el mundo. Otras naciones parten de posiciones mucho más retrasadas en su camino hacia la prosperidad. Por ello, la idea de que el comercio es bueno únicamente si se reciben salarios elevados constituye otra falacia, de nuevo ampliamente explotada desde diversos frentes.

Mito 3: "El comercio explota a un país y lo empobrece si sus trabajadores reciben unos salarios muy inferiores a los de los trabajadores de otros países".

¿Cuántas veces han escuchado este argumento en medios de comunicación, arengas o mitines? Krugman y Obstfeld lo explican de manera cristalina:

"Este argumento a menudo se expresa en términos muy emotivos. Por ejemplo, un columnista comparaba el salario de 2 millones de dólares que cobra el director ejecutivo de la cadena de ropa The Gap con el salario de 0,56 $ por hora que cobran los trabajadores centroamericanos que fabrican parte de sus productos. Puede parecer insensible intentar justificar los salarios terroríficamente bajos que cobran muchos trabajadores en el mundo.
Sin embargo, si nos estamos preguntando acerca de la bondad del libre comercio, la cuestión no está en preguntarse si los trabajadores de bajos salarios merecerían cobrar más, sino en preguntarse si ellos y su país están peor exportando bienes basados en salarios reducidos de lo que lo estarían si rechazaran participar en un comercio tan degradante. Y, al plantearnos esta pregunta, también debemos preguntarnos, ¿cuál es la alternativa?"

Quienes esgrimen los argumentos descritos en los puntos anteriores demuestran, además, un claro desconocimiento de la historia económica moderna. Este camino de competitividad comercial basada en ventajas comparativas es el que han recorrido gigantes económicos como Corea del Sur, India, China y tantos otros países hoy pujantes que hace apenas un siglo figuraban en el vagón de cola de la economía global. Corea del Sur, por ejemplo, era en 1960 uno de los países más pobres del mundo. Repito: en 1960. Sobran los comentarios.  

Otro hecho, que destacábamos hace unos meses en un trabajo sobre corrupción y seguridad internacional, evidencia muy bien el sinsentido de nuestras veleidades proteccionistas:  

"En 2014, según la OCDE, la Ayuda al Desarrollo fue de 135,2 miles de millones de dólares.22 Según datos de la misma Organización, solo en 2013 los países que la conforman concedieron subsidios agrícolas a sus nacionales por 258.000 millones de dólares. Si tenemos en cuenta que un 40% de la población del norte de África y un 60% del África Subsahariana vive de la agricultura, parece sensato pensar que, por ejemplo, promover iniciativas individuales y grupales para fomentar la agricultura en dichas áreas (levantando al mismo tiempo barreras agrícolas proteccionistas en los países donantes) sería mucho más efectivo que la mera ayuda financiera a determinados gobiernos".

Y ya que hemos estando hablando de historia, finalizaré con otro ejemplo, más antiguo pero igual de esclarecedor, en la esperanza de que esta entrada les haya ayudado a comprender y a reflexionar mejor sobre un fenómeno mucho más complejo que el contenido de una mera ristra de consignas mal repetidas:

(Hacer clic sobre la imagen para ampliar)

Never Surrender.